“La voz de los árboles” de Tracy Chevalier.


arboles

 

¿Os apetece una de esas novelas de colonos intentando arraigarse en tierras inhóspitas? Pues esta novela tiene mucho de eso, de lucha, de esfuerzo, de penurias, de tragedia y de superación.

James y Sadie Goodenough junto con sus hijos dejan atrás las tierras de su familia en Nueva Inglaterra porque no hay para alimentar a todos. Buscan un nuevo lugar donde establecerse, pero son detenidos por el lodo de los pantanos de Ohio. Es allí donde se quedan, intentando vivir del cultivo de manzanos ya que llevan consigo algunas ramas de los manzanos favoritos de James para injertar las plantas que compren.

Pero Sadie es todo un carácter y prefiere las manzanas para obtener sidra.

Estos dos siempre están enzarzados en una guerra por el tipo de manzanas que plantarán, como expresión de un enfrentamiento más profundo.

La vida en el pantano negro es durísima. Más que vivir, malviven. Muchos de sus hijos morirán por las fiebres y es tal la resignación que les embarga que James hasta cava las tumbas cuando la tierra está blanda en previsión de la siguiente muerte.

No he sentido cercano a ninguno de los personajes. James es un hombre silencioso e introvertido que encuentra más paz entre las plantas que entre las personas y que no frena la crueldad de su mujer con sus hijos por pura pasividad. Sólo se le enfrenta cuando se trata de manzanas. En cuanto a Sadie, me provocó un gran rechazo. Es una borracha perezosa y mal bicho. Como desprecia la dulzura de su hija más tímida y lo desagradecida que es con la vecina que le presta su ayuda cuando están enfermos por la fiebre me la hizo de lo más repelente. Lo de que sea borracha es circunstancial, pero lo egoísta, desleal y fría que es parece que le nace de dentro. Una “joyita”. Los hijos dan una pena inmensa, dependiendo de esos dos especímenes.

Robert, uno de los hijos y el protagonista principal de la historia tiene que abandonar los pantanos para siempre a raiz de algo que sucedió. Algo lo suficientemente terrible como para que siempre se mantenga en movimiento, siempre huyendo y sin que pretenda volver. La incógnita se mantiene hasta bien avanzada la novela.

Los demás quedaron atrás. En casa. Robert escribe cartas a sus hermanos desde muchos lugares. En sus viajes nos acerca a los buscadores de oro, los ganaderos y a los grandes bosques de secuoyas.

Es muy interesante ver los inicios del “turismo de naturaleza”.

Es en el bosque de los árboles gigantes donde conoce al hombre que le dará un trabajo y un objetivo en su vida. Las plantas le apasionan y rápidamente aprende a recoger, seleccionar y transportar semillas y plantas que serán enviadas a Inglaterra donde se venderán a buen precio a los caprichosos terratenientes que quieren novedades en sus jardines.

A pesar de que parece un hombre tranquilo y bueno, con bastante sentido común, Robert tampoco es un personaje con el que lograra empatizar. Para mí la única que brilla de la familia es su hermana pequeña, que huye de una vida terrible para ir a su encuentro cruzando medio país. Una superviviente luchadora que no pierde nunca la esperanza de un futuro mejor.

Ambientada en el siglo XIX nos habla de una época y lugares que no me resultaban muy conocidos. Le concedo la originalidad. Como a mi me gustan las plantas y las flores muchísimo estuve entretenida con todas las andanzas de Robert por esos bosques, pero al que no esté demasiado interesado en esas cuestiones me temo que la novela le resultará un poco pesada.

Está bien escrita y va a ser difícil de olvidar. Hay mucho drama en ese pantano negro. Aunque no consiguió entusiasmarme. A ratos se me hizo lenta y hubo, para mi gusto, demasiadas “cartas a la familia”.

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